Hace justo un año, en diciembre de 2018, decidí desconectar de las redes sociales. Más bien la decisión la había tomado hacía tiempo pero, aprovechando el cambio de año, incluí en la lista de propósitos “abandonar” mis perfiles sociales personales. Dejé de publicar fotografías en Instagram. No volví a hablar de mi en Facebook. Me olvidé de Twitter por un tiempo. Puede parecer contradictorio que alguien que se gana la vida trabajando en lo digital -y en una agencia como Best– tome una decisión tan paradójica, pero no lo es. Dejar de invertir horas en mi ecosistema digital me ha permitido disponer de más tiempo para todo lo demás.

El tiempo quizá sea una de las cosas que más valoro. Nunca me ha gustado perderlo, es decir, sentir que no estoy llenando algún vacío -de mi mente o de mis pasiones-. Tener tiempo significa volver a leer un libro, conversar con un amigo, escucharse a uno mismo, escribir una canción o simplemente observar. Observar es una de las actividades de las que más aprendo. Sin embargo, en algún momento, sentí que lo que me estaban proponiendo las redes sociales no contribuía a sentirme mejor ni personal, ni profesionalmente. Dar un like o recibirlo se había convertido en un sinsentido, un pasatiempo que efectivamente hacía honor a su nombre: servía para “pasar el tiempo”, sin más. Y las redes sociales, como modelo de información -o desinformación, según se mire- me siguen resultando atractivas, pero su propuesta de ocio había dejado de interesarme. Decidí desconectar de las redes sociales.

He de ser sincero, tampoco abandoné las redes por completo. Seguí visitando algunas cuentas a diario -desde el silencio del obsumer-.  Consumía contenidos de sectores que me interesaban profesionalmente. Y aunque en Instagram nunca volví a publicar otra fotografía después del apagón, en redes como Twitter sentí la necesidad de hablar de algunas cosas que sucedieron en mi compañía. Por ejemplo, publicamos un ebook sobre tendencias digitales para 2019 escrito por 17 coautores -muchos de ellos compañeros de los que aprendo cada día en la oficina-. También participamos en el congreso mundial de Twitter, el TAT de Granada. Invitados por Endesa, compartimos escenario con ellos y con otros grandes colegas de profesión. Sin olvidar mencionar la inauguración de nuestras nuevas oficinas en la Gran Vía madrileña. En todos estos casos, había encontrado lo más parecido a un motivo para hablar, pero sobre todo sentí un compromiso con mis compañeros y con mis clientes.

A menudo me pregunto por qué una persona necesita generar contenido diario en redes sociales

A menudo me pregunto por qué una persona necesita generar contenido diario en redes sociales. La respuesta termina siendo otra pregunta: ¿Por qué he dejado de hacerlo? Quizá me encuentre en un momento de marcha atrás en muchas cosas que pasan por desconectar de las redes sociales . Os aseguro que he sido un personaje narcisista como no imagináis, desde tiempos de Fotolog y Myspace. Quise ser visto, pronunciarme, recibir el aplauso y el like. Hice todo lo posible para obtener reconocimientos, unas veces con éxito, la mayoría sin él. Por un tiempo, todo aquello me resultaba gratificante, incluso útil. Ya no. No quiero sentirme incómodo -y tener la sensación de no hacer nada- cuando espero un tren y decido no sacar el móvil del bolsillo. No quiero responder a Twitter cuando me pregunta “Qué está pasando”. Ni a Facebook cuando dice “Qué estás pensando”. Y si lo hago algún día, antes me preguntaré para qué, por qué hacerlo. Si es por costumbre o por likes, no; si es para compartir conocimiento, quizá sí merezca la pena volver.

Las redes sociales, como la industria de la moda, tienen la mágica capacidad de hacernos sentir únicos. Es un engaño que aceptamos: Somos tan únicos como millones de personas que piensan lo mismo, visten lo mismo o han acudido al mismo concierto que tú. La autenticidad se ha universalizado. Lo indie ahora es mainstream. En un mundo donde prima la autocensura, la diferencia se ha puesto al servicio del bien común. Todos somos the special one.

Estamos ante la dictadura del real time

Una vez que decidí desconectar de las redes sociales -a medias, como ya confesé- di un paso más en mi huída de lo digital: Des-notificar mi vida. Dicen que cada día recibimos 3.500 impactos publicitarios y que miramos el móvil 150 veces. Que estamos ante la dictadura del real time, que vivimos en la Era de lo Instantáneo y que los Millennials o la Generación Z sienten miedo ante la posibilidad de no saber qué es lo último. Mi decisión no es mejor ni peor, simplemente es una opción. Ya no tengo miedo a no estar al día, porque sigo siendo el mismo tipo inquieto pero mi obsesión no es la inmediatez.

Quería aprender a poner pausa, a re-educarme como consumidor de contenidos. Quería darle un tiempo a cada impacto, sin importar tanto el volumen de contenido que consumo como el fondo de los mismos. Y en este nuevo aprendizaje no cabían las interrupciones -notificaciones de redes sociales, alertas de calendario, avisos de WhatsApps o recordatorios de correos sin leer-. ¿Aquella decisión significó dejar de atender las llamadas o el mail? En absoluto, simplemente modifiqué algunos hábitos que generaban desconcentración o me hacían sentir preso de las notificaciones, incluso en días de descanso. No es casual que el Congreso vaya a reconocer el derecho a la desconexión. Todas las personas tenemos la capacidad de ser multitarea. Pero la multitarea no es el fin, sino un recurso que también debemos gestionar de manera responsable.

Un año después de “desconectar” puedo afirmar que estar bien informado no significa recibir más notificaciones. Me he perdido algunos de vuestros acontecimientos digitales pero disfruté mucho más escuchándoos en persona. También tengo la percepción de gestionar mejor el tiempo tanto laboral como personalmente. Y he aprendido que, en realidad, no tenía tantas cosas que contar.