Yo soy madre. Quizá no es la mejor forma de empezar un post en un blog profesional, lo sé. Pero el tema que me ocupa hoy me permite hacer este tipo de confesiones. Soy madre y, tal como reza un dicho popular, era mejor madre antes de serlo. Me veía planificando menús, llevando al niño hecho un pincel y, por supuesto, no dejándole nunca, jamás, un móvil o una tablet. Pero resulta que además de madre soy humana y, a veces, necesito concentrarme durante un rato. Entonces tiro de Netflix  o de algún jueguecito de esas apps indicadas para menores de 5 años que son seguras. Porque… ¿lo son, no? Las apps infantiles solo tienen contenido indicado para ellos, ¿verdad?

Aplicaciones para niños y publicidad, ¿una pareja perfecta?

Eso creía yo, pero resulta que no. Al menos, si tengo en cuenta mi concepto de seguridad: un entorno en el que los niños estén libres de contenido no adecuado para su edad. Un reciente estudio acerca de la publicidad en las aplicaciones para niños, publicado en Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics, me ha sacado de mi equivocación. En él se analizan 135 apps infantilesde la Play Store de Google indicadas para niños de 1 a 5 años. Algunas de ellas también están disponibles en la Apple Store. Estos son algunos de los números que me ponen la piel de gallina:

  • El 95 % de las apps para menores de 5 años contiene anuncios.
  • Un 100 % de apps gratuitas contiene publicidad, pero el 88 % de las de pago también.
  • En el 35 % de las apps el juego se interrumpe por vídeos publicitarios.
  • Se anima a comprar vidas extra en el 30 % de las apps. En estos anuncios aparece el protagonista de las series infantiles exitosas incitando a la compra.
  • El 46 % tiene anuncios que animan a comprar la versión de pago.

Si nos fijamos en el contenido de los anuncios, algunos son de aplicaciones para adultos; otros, muestran mensajes complicados de entender para los niños; y otras, hasta tienen permiso para encender la cámara del dispositivo.

Y, ¿dónde queda la ética en todo este asunto?

No sé si es correcto hablar de ética en este caso. Sí puedo afirmar que resulta, cuanto menos, complicado de defender este uso de la publicidad en las apps para niños. Resulta desasosegante pensar que los desarrolladores quieran vender a cualquier costa. Incluso pasando por encima de un colectivo especialmente protegido como este.

Hace años la polémica estaba en qué se emitía en televisión en horario infantil. Incluso se generó un sistema de calificación por edades similar al de los cines. Ahora el debate se traslada a otras pantallas, las que vienen siempre con nosotros (y nuestros hijos).

Es complicado de entender que ningún organismo se haya propuesto revisar estos contenidos. Sobre todo porque el peligro no es nuevo. Hace varios años ya que escuché a Guillermo Cánovas, uno de los mayores expertos del país en tecnología e infancia, contar cómo funcionaban las salas privadas de Clash of Titans. El juego, aparentemente inofensivo, contaba con unos espacios en las que chatear en privado. Y en esos chats se ocultaban muchos adultos con, presumiblemente, oscuras intenciones.

Qué pasa con nuestra responsabilidad como padres

En estos tiempos de prisas en los que vivimos, muchas veces nos vemos obligados a tirar de tecnología, como comentaba al principio. Y eso no está ni bien ni mal, siempre que seamos conscientes de lo que hay. En aras de ese pensamiento que dice que si se comercializa es “legal”, “seguro”, o lo que toque según el producto, confiamos en un ente superior para tomar nuestras decisiones. Y puede que hasta hagamos dejación de nuestra labor hasta olvidarnos de nuestras obligaciones.

En la charla que mencionaba antes, Guillermo comentaba que la solución no pasa por negar a nuestros hijos el acceso a la tecnología, sino en ir por delante de ellos. Y eso nos obliga a estar actualizados. Cuando los niños lleguen al juego de moda, los padres ya deberían haberlo visto, jugado, trasteado y comprobado. Así podríamos permitirles jugar, sabiendo qué es lo que se van a encontrar. Lo mismo aplica para canales de YouTube, si es que siguen existiendo y no se los ha comido Instagram y sus tendencias en 2019, o cualquier otro entorno supuestamente seguro.

Mientras ninguna administración tome cartas en el asunto, los padres tendrán que hacer lo que se ha hecho toda la vida: vigilar en qué andan sus hijos. Aunque eso ahora suponga pasar horas jugando pegado a una pantallita. Tampoco parece una penitencia.