“Si llueve; hace malo. Si sale el sol; hace bueno”. Este convencionalismo lingüístico es tan sencillo que nadie se atreve a considerarlo discriminatorio o a cuestionarlo. Como en otros ámbitos de la vida, el lenguaje parece haber tomado partido sobre lo que es bueno y lo que no lo es. Pongamos otro ejemplo, ¿qué suena más amenazante -lingüísticamente hablando-, una ola de calor o una ciclogénesis explosiva? Quizá en el futuro el lenguaje sufra modificaciones, pero lo que no podemos negar es que el tiempo está cambiando. Esto afecta a todos los aspectos de la vida. Y sí, el marketing y el cambio climático también están relacionados.

El cambio climático, además de impactar en nuestro ecosistema, es un elemento transformador de la economía y, por consiguiente, del marketing. Solo había que darse un paseo un noviembre cualquiera de la última década para ver los escaparates de las tiendas rebosantes de ropa de abrigo mientras las calles seguían plagadas de terrazas donde la gente disfrutaba de una cerveza en manga corta hasta el anochecer. El “buen” tiempo transforma nuestros hábitos de consumo y genera anacronismos evidentes. La ropa de temporada se amontona en las perchas de los comercios, condicionando la rotación de producto, saturando el stock y generando un problema logístico tanto en el punto de venta como en los centros de producción.

En contraposición, el cambio climático es un impulsor indirecto para industrias como la del ocio, el entretenimiento y la cultura. Se llegó a decir que una ardilla podía recorrer la península de punta a punta sin pisar el suelo saltando de festival en festival. Una vez más, el “buen” tiempo ha contribuido a que se genere una maquinaria bien engrasada capaz de dar cabida cada año a millones de personas que quieren disfrutar de la música en vivo al aire libre. Alrededor de esta gran industria hay músicos, promotores, sellos discográficos, editoriales, equipos de producción, empresas de logística, iluminación, sonido, ticketing, hostelería, administraciones públicas y un sinfín de servicios relacionados con la música en directo y los festivales.

El sector turístico está más que condicionado por la climatología. Por lo general, cuando nos vamos de viaje lo último que nos apetece guardar en la maleta es un paraguas. Así como los cuarenta son los nuevos treinta y los jueves son los nuevos viernes, septiembre es el nuevo agosto. Y la primavera, por lo que se ve, es el nuevo invierno. El mes de la vuelta al cole ya es un período consolidado entre los turistas tardíos, aquellos que buscan vacaciones, sol y, de momento, mejores precios. Es cuestión de tiempo que la temporada alta ocupe nuevos espacio en el calendario, ya que la demanda se está desestacionalizando o mejor dicho, ampliando a momentos históricamente menos relevantes.

El turismo no estacional viene impulsado por el clima y el precio. Volar a bajo coste es una gran oportunidad para recorrer el mundo, visitar otros países o hacer una escapada romántica. El auge de estos desplazamientos activa la economía, fomenta el consumo y genera puestos de trabajo en hostelería. Las compañías aéreas mejoran los precios para captar viajeros, amplían las rutas comerciales, incrementan el número de vuelos y, en consecuencia, se disparan las emisiones contaminantes. Nuestras aspiraciones de ver mundo y llevar una vida low cost dejan huella en el medio ambiente y debemos, como mínimo, empezar a tomar conciencia de ello. ¿Estaríamos dispuestos a pagar un billete más caro si este fuera más ecológico?

Hay otros sectores, como la alimentación, donde ya se han producido grandes avances al respecto. El hecho de que Carrefour y otros supermercados abran espacios dedicados en exclusiva a alimentos ecológicos y agricultura sostenible, tiene como origen una nueva conciencia social detrás de la cual hay millones de personas dispuestas a pagar más por comer sano y por llenar la nevera con alimentos naturales, donde los procesos de producción sean más respetuosos con el medio ambiente, con el suelo, con los animales, con las cadenas de producción o el transporte. Y, además, con tu cuerpo. En definitiva, el cambio lo han producido las personas, un ejemplo más que evidente de construcción social de la marca.

“Lo “low” genera impacto y, por lo tanto, sí somos responsables en nuestro día a día del cambio climático”

En general, el low cost deja huella en el medio ambiente. Es cierto que tiene muchos aspectos positivos, fomenta la competitividad en un mercado libre, da oportunidades de acceso a productos o servicios a un mayor número de personas y genera puestos de trabajo. Sin embargo, no es menos cierto que la productividad a veces se optimiza a base de reducir los niveles de calidad, ya sea en las materias primas, en los procesos de producción o en los salarios. En ningún caso, es mi propósito hacer un juicio público al low cost, entre otras cosas, porque soy consumidor del mismo. Pero sí me gustaría que tomáramos conciencia de que lo “low” genera impacto y, por lo tanto, sí somos responsables en nuestro día a día del cambio climático. Cuando presumo de haber comprado un pack de 10 calcetines negros baratísimos en esa gran tienda de Gran Vía, he de saber que quizá el proceso de tintado del calcetín, para que salga tan económico, no ha sido del todo responsable ni con el consumo de agua que se emplea en dicho proceso, ni posiblemente con la mano de obra empleada. Y hoy en el Día Mundial del Agua, especialmente debemos preocuparnos por el (mal) uso de esta.

La gran transformación en el clima trae también consigo la aparición de nuevos negocios. Por citar dos ámbitos evidentes, están en auge la creación de empresas de desalinización de agua y de transporte terrestre de agua potable. Por otro lado, en un momento en el que la mala calidad del aire acentúa los problemas respiratorios, las farmacéuticas y empresas fabricantes de medicamentos para estas dolencias, también han encontrado una oportunidad para invertir, desarrollar productos y, a medio plazo, incrementar su facturación.

Retomando el inicio de este post donde hablaba sobre lo bueno, lo malo y los usos lingüísticos, te propongo hacer algo muy sencillo que no evitará el cambio climático, pero creo que nos podría hacer un poco más conscientes de nuestra responsabilidad con el mismo: intenta no utilizar palabras y expresiones generalistas como “la gente” o “el mundo” para decir que algo va mal e incidir en quién tiene la culpa. Detrás de estas expresiones nos escondemos y nos eximimos de toda responsabilidad, cuando en realidad los responsables también somos tú y yo.