Encontramos de madrugada los resquicios de un pobre tuitero que, al son del primer bostezo, recoge su smartphone del fango – su mesilla – un lunes cualquiera. Nuestro protagonista refunfuña en torno a las primeras noticias que encuentra y pone su cerebro a funcionar para elevar a contenido público la siguiente afirmación: “ya lo predijeron Los Simpson”.

Y con esa contumaz sentencia nos plantamos ante algo que, en realidad, es de Perogrullo: cuando dedicas tu vida a realizar predicciones del futuro, a veces aciertas. Ya sea por una cuestión sociológica, comunicativa o meramente cómica, lo cierto es que jugar con elementos altamente alterables de la realidad más costumbrista acaba dando resultados. Sobre todo, cuando lo haces más de 650 veces durante 30 años.

Y es que ese conjunto de hechos, que parten desde la acción común del grueso de seres humanos en su día a día, provoca en la ficción unas consecuencias que acaban en nuestro recuerdo en forma de divertido absurdo. Pero, en el mundo real, normalmente se traducen en lo que conocemos como “fenómenos emergentes”: procesos complejos y a gran escala que resultan de manera no intencional del conjunto de las acciones individuales. En comunicación, esta práctica es la que solemos realizar bajo el nombre de “tendencias”, tratando de averiguar las claves de un futuro bastante concreto y, por lo general, limitado al corto plazo.

En ambos casos, ficción y realidad, esperamos que todo obedezca a una lógica que haga que la sucesión de acontecimientos nos parezca entendible. Y, en ambos casos, venimos jugando desde hace ya muchos años con una cuestión diferencial: la mal llamada “sociedad del conocimiento”. En realidad, lo que observamos es un conjunto de sociedades que responden a un factor común, siendo este la centralidad del conocimiento científico – técnico. Y lo es tanto a nivel infraestructural como supraestructural.

El relato, una vez más en ambos casos, se desarrolla por lo tanto en un contexto cuyo paradigma es el uso del conocimiento a través de la cambiante tecnología de cada instante, de lo cual obtendremos todas las líneas maestras que rigen los acontecimientos. Principales fuentes de riqueza, factores productivos fundamentales, tendencias de ocupación y consumo, problemas políticos, paradojas económicas, y, en definitiva, un modo dominante de pensamiento, se pueden llegar a deducir tirando de este hilo.

Por eso no es aventurado proponer ciertas tendencias de comunicación (que implica de base el tratamiento del conocimiento) en torno a un cambio concreto en el ámbito de lo social. Especialmente cuando el desarrollo de este cambio tiene que ver con el uso de una tecnología (o herramienta digital) determinada.

Sin embargo, cuando abrimos la mirada y tratamos de vislumbrar escenarios más amplios y de plazo ligeramente más lejano, el tema se complica. Nos encontramos en este entramado algunas cuestiones enfrentadas y de difícil conciliación. Tenemos que poner en tela de juicio el modo en que entendemos actualmente esa sociedad del conocimiento en la que nos basamos a la hora de realizar predicciones de futuro.

Y es en esa situación donde la visión distópica de Los Simpson aporta un porcentaje de acierto sorprendentemente alto. No sabemos hasta qué punto es consciente Matt Groening de cuestiones como la ruptura del contrato social o si ha dedicado al menos un par de horas a leer con atención la Wikipedia de Manuel Castells, pero merece la pena hacer un análisis serio del tratamiento que le da a este tipo de cuestiones a lo largo de la serie. Quizás no sea viable contratar a Matt Groening para que escriba tendencias de comunicación, pero es posible que, entendiendo esa lógica de pensamiento, al final alguien acabe twitteando “eso ya lo predijiste tú”.